EL ENIGMA DE LA ESFINGE X

A veces nos ocurren cosas que parecen sueños y otras veces soñamos cosas que parecen realidad. Cuando Alfonso abrió los ojos  le pareció que despertaba de un largo sueño , pero que todavía seguía soñando. Estaba tumbado sobre un lecho de hierba fresca, bajo un cielo de un azul perfecto, y oía el rumor continuo de un caudal de agua. Se sintió tan a gusto que volvió a entrecerrar los ojos, sin querer levantarse.

– ¿Tú quién eres?

Alfonso abrió los ojos. Un niño vestido con una túnica y con una rudimentaria red en la mano se recortaba contra el azul del cielo, esperando su respuesta.

-Yo Alfonso, ¿y tú?

Pero el niño no respondió. En lugar de eso echó a correr gritando:

-¡Ireneeeeeeeeeeeeee! ¡Ha venido otro chico del futuro!

Alfonso se incorporó de un brinco sin lograr entender nada y pronto se vio rodeado por un extraño grupo de personas: la madre del chico, su hermano mayor y la tal Irene, que era una muchacha morena y muy guapa, según le pareció a Alfonso. Pudo ver entonces que un riachuelo corría allí cerca, en medio de un paisaje despoblado, como una cinta de frescura en el páramo reseco. Enseguida se unió al grupo un curioso más: era un caballo esbelto, de pelo castaño y muy brillante. Irene le palmeó el lomo y se decidió a hablar:

      – Este es Sombra, mi caballo. Estos son mi madre, mi hermano Zale y mi hermano mayor, Marsias. Yo soy Irene. Sé bienvenido.

Alfonso no se lo podía creer y menos cuando, sentados a la orilla del riachuelo, Irene le contó toda aquella fabulosa historia de la Esfinge y le habló de sus compañeros de clase como si los conociera de toda la vida: Alberto, Alba, Arancha, Raquel. A esta última no la conoció personalmente, pero sabía que también había visitado Tebas con éxito. Mientras charlaban, la madre de Irene había vuelto a su tarea de hacer la colada y los hermanos se afanaban en un amplio remanso con la red de pesca.

arroyo

-La Esfinge se fue, pero dejó seis enigmas que hay que resolver por orden- continuó Irene-. ¿Me ayudarás con el primero?

– Venga, di ese enigma. A lo mejor puedo adivinarlo.

– “Contigo no estoy. Me verás en un minuto. Repetiré en un momento. En un año me habré ido”- recitó Irene de memoria.

Alfonso se dio una palmada en el muslo y compuso un gesto expresivo de sorpresa. Luego dijo:

– ¿Y eso es lo que te preocupaba tanto? Sé la respuesta. Me la dijo en clase Alberto S., pero no te la diré todavía. Antes vamos a pescar con tus hermanos, por favor. La respuesta, después de la pesca.

La pesca de caña le volvía loco y estaba deseando probar con la red.

– Pescaremos, pero luego… ¡La respuesta al enigma! ¿De acuerdo? ¡Vamos! – concedió Irene.

Pasaron la tarde pescando. Alfonso, buen observador, se hizo pronto con el manejo de la red y, poco a poco, el enorme cesto que descansaba en la orilla se fue llenando de peces hasta rebosar.

– ¡Esto es  “demasiao”!- Alfonso no salía de su asombro-. Cuando se lo cuente a mi padre no se lo va a creer…

– ¡Hay muchísimos! Tendremos para la cena y aún sobrarán para venden en el mercado…- se admiraba Zale.

Irene, que con la pesc parecía haberse despreocupado del enigma, dijo entonces:

– Ahora ya es después, Alfonso, el enigma, por favor…

Alfonso asintió y se puso a explicar:

– “CONTIGO no estoy. Me verás en un MINUTO. Repetiré en un MOMENTO. En un AÑO me habré ido”. Pues está claro: es la letra M.

Irene dio saltos de alegría: ¡Ya tenía resuelto el primer enigma! Todos aplaudieron a Alfonso, que hizo una graciosa reverencia de agradecimiento, y Sombra también vino para rozarle la cabeza con el  hocico.

– ¡Quita, Sombra! ¡Que haces cosquillas!

Rieron todos, divertidos y felices. Había sido un día afortunado.

– Sé de memoria los seis enigmas. Te diré el segundo, quizá también lo resuelvas- propuso Irene: “Cuando sube nos vamos, cuando baja nos quedamos”.

Alfonso escuchó con atención, pero en algún misterioso lugar debe de estar escrito que no es posible resolver dos enigmas seguidos, lo mismo que  no es posible volver por segunda vez a Tebas. En unos segundos, Alfonso fue envuelto por aquella luz cegadora que ya conocemos y desapareció delante de los ojos de todos. Sombra relinchó, inquieto, e Irene se apresuró a pronunciar con retraso su despedida:

– Gracias, muchas gracias, Alfonso. Saluda de mi parte a nuestros amigos comunes, diles que nunca los olvidaremos.  Tampoco a ti. Buen viaje.

Se iba a poner el sol cuando cargaron  el cesto del pescado y la ropa limpia a lomos de Sombra para volver a casa. Había sido, en efecto, un día afortunado.

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Published in: on mayo 15, 2009 at 6:51 pm  Dejar un comentario  

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