EL ENIGMA DE LA ESFINGE IX

Toda Tebas era una fiesta. Todo eran gritos de júbilo, alegre música de chirimías, flautas, timbales y campanas. Todo el mundo quería ir al monte Antedón para comprobar con sus ojos la venturosa desparición de la Esfinge.

Edipo avanzó a contracorriente, a duras penas, en medio de aquella sonriente masa humana. En la mano derecha empuñaba su bastón, la izquierda se posaba en su pecho, sujetando con fuerza el rollo de los enigmas que debería entregarle a la muchacha, a Irene.

Preguntando por ella a la gente apresurada que cruzaba, logró dar con la casa. Irene, su madre, su abuelo y su hermano Zale se disponían en ese momento a bandonarla, para acudir también al monte Antedón.

-Traigo un recado para Irene- dijo Edipo.

Quisieron hacerle pasar, quisieron brindarle la hospitalidad que se debe al viajero, pero Edipo tenía prisa. El suelo de Tebas le quemaba bajo las gastadas suelas de sus sandalias.

– La Esfinge dejó esto para ti. Dijo que tú sabrías. Dijo también que volvería en un plazo de seis meses si antes no son resueltos los enigmas que van escritos ahí. Ahora debo seguir mi camino. Larga vida a Tebas.

Sin beber ni tan siquiera un trago de agua, Edipo se mezcló con la gente que, libre al fin de la Esfinge, cruzaba bulliciosa las calles y se atrevían a cruzar su muralla sin ningún temor.

– Ese que sa va es Edipo, nuestro antiguo rey – dijo el abuelo de Irene.

– No abuelo, te equivocas. Era un pobre mendigo ciego, vestido de harapos. No pudiste verlo, por eso te confundes.

– Precisamente lo reconocí porque no puedo verlo. Mis oídos han distinguido muy bien los pasos de sus pies hinchados.

Irene y los demás no prestaban atención a las palabras del abuelo. Leían los enigmas, que debían ser resueltos en el orden estricto en que aparecían escritos en el rollo.

– ¿Es que nunca vamos a tener la fiesta en paz?- preguntó Irene, desanimada.

Creía que la Esfinge se había ido para no volver más y ahora resultaba que continuaban emplazados a jugar el juego que ella, tiránicamente, imponía a la ciudad de Tebas. Más enigmas y la amenaza del retorno del monstruo. Irene recordó a sus amigos del futuro. Ojalá volviesen para resolver cuanto antes el primero de los seis enigmas, que decía así:

CONTIGO NO ESTOY. ME VERÁS EN UN MINUTO. REPETIRÉ EN UN MOMENTO. EN UN AÑO ME HABRÉ IDO.

Irene no tenía ni idea de cuál podría ser la solución. Guardó los enigmas en el arca más segura de la casa, la que tenía más recios cerrojos, y se dispuso a ir hasta el monte Antedón con su familia. Seguro que los enigmas podían esperar un poco, pensó de nuevo feliz por la reciente y ya amenazada libertad de Tebas.

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Published in: on abril 27, 2009 at 4:34 pm  Dejar un comentario  

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