EL ENIGMA DE LA ESFINGE VIII

Las últimas noches,  los tebanos habían vuelto a probar la crueldad de la Esfinge. Buena parte de los caballos del Rey Creonte habían aparecido muertos en sus cuadras, envenedados por el ponzoñoso aliento de la Esfinge, que no cesaba de sobrevolar la ciudad y sus campos desde que se ponía el sol. Una tejedora murió estrangulada mientras  venía de recoger lino de los prados y muchos otros habían muerto envenenados, tras beber el agua del pozo más alejado del monte Antedón, donde, sin embargo, la Esfinge había hecho llegar su veneno. La desolación y la desesperanza se adueñaban de la ciudad, e Irene hacía ofrendas a los dioses cada día, para que enviaran a un nuevo visitante del futuro que resolviese el enigma. Sombra, su hermoso caballo, era su mayor alegría, en medio de tanta tristeza.

Raquel despertó al borde del polvoriento y solitario camino que, bordeando el monte Antedón, conducía a las murallas de Tebas. Sus ojos soñolientos lanzaron una verde mirada a su alrededor. Cuando vio a la Esfinge, inmóvil sobre el monte, creyó estar soñando, así que se levantó de un brinco y dio algunos pasos, aguzando la vista. No, no soñaba, “aquello” estaba allí arriba y,  algo más lejos, se veía la ciudad amurallada de Tebas.

– ¿Y si es que estoy otra vez en Granada y ese bicho de ahí arriba es un muñeco de cartón-piedra para una peli?- pensó Raquel en voz alta, tratando de tranquilizarse a sí misma.

Raquel había estado en las últimas vacaciones visitando Granada con su familia y, la verdad, la Alhambra y el Generalife le habían parecido una birria, por mucho que su profesora le hubiera dicho entusiasmada que Granada era una ciudad maravillosa. Pues tenía gracia haber vuelto a Granada. Y sola. Y encima el maldito teléfono móvil ahora no tenía cobertura y no podía llamar a casa para decir que estaba otra vez en Granada, inexplicablemente, porque las vacaciones habían acabado ya y donde ella tenía que estar era en el Instituto, otra vez en el Insti…

– No es Granada la ciudad que tus ojos ven. Es Tebas. Y el monstruo que ves es la Esfinge, que ha regresado.

La voz sonó de improviso a su espalda. Raquel se volvió sobresaltada y encontró a un hombre que parecía un anciano sin serlo todavía, vestido de una forma estrafalaria: llevaba una vieja túnica blanca de tela muy burda, deshilachada y sucia; sobre su cabeza lucía un sombrero de paja en forma de cono, con el ala muy ancha. Se apoyaba en una rama seca y retorcida, y sus párpados estaban cerrados en las cuencas vacías y hundidas. A Raquel se le escapó un grito de espanto.

– No temas nada, muchacha, no voy ha hacerte ningún daño. Ya hice, por desgracia, todo el daño que un ser humano puede hacer. Tanto y tanto daño hice sin saberlo, que no pude soportarlo y yo mismo me arranqué los ojos… Sí, muchacha, no pongas esa cara de asombro: es mejor no tener ojos para no ver lo que resulta insoportable.

– Lo siento mucho, de verdad- acertó a decir Raquel, estremecida por las palabras que acababa de oír y por la tristeza infinita que impregnaba la voz del hombre-. Me llamo Raquel, no sé cómo he llegado aquí y me gustaría volver a casa.

– Te conduciré a Tebas. Allí podrán ayudarte. Yo te guiaré en el camino. Pero antes, la Esfinge nos exigirá responder a un enigma. No te preocupes: los enigmas se me dan muy bien.

Habían empezado a caminar a buen paso camino adelante. Raquel tenía la impresión de estar soñando, una sensación angustiosa de confusión y extravío. Sin embargo, aquel hombre sin ojos que llevaba a su lado le infundía tranquilidad  y confianza, a pesar de que las cosas que contaba parecían cosas de loco. En realidad, no veía a nadie más por los alrededores que pudiese prestarle ayuda y, si tenía que enfrentarse a aquel monstruo, más valía ir acompañada, aunque fuese por un ciego loco.

– Como te decía, Raquel, se me dan bien los enigmas.

– A mí también. Tengo un libro de adivinanzas y en clase he resuelto varios enigmas .

– ¡Ah! ¡Magnífico, muchacha! – por primera vez, Raquel vio la tristísima sonrisa de su acompañante-. Entonces tendremos éxito, seguro. Conocí a la Esfinge hace años. Estaba en el mismo lugar que ahora y yo venía por este mismo camino, huyendo de mi destino. La Esfinge tenía atemorizada a la ciudad de Tebas y exigía a los caminantes que pasaban la solución de un enigma. Ninguno había logrado dar con la respuesta y ella los estrangulaba o les daba una muerte aún más cruel. Durante la noche, mataba personas y animales, envenenaba las fuentes, quemaba las cosechas. Tebas estaba tan desesperada que la reina Yocasta prometió casarse con quien resolviese el enigma. Y fíjate cómo son las cosas, Raquel, yo venía huyendo de mi destino y adiviné el enigma. La Esfinge, derrotada y enfurecida, echando fuego por los ojos, abandonó el monte Antedón. Algunos dijeron que se despeñó y murió, pero ya ves que no es cierto: ha regresado y vuelve a hacer lo mismo que entonces. He venido para librar a Tebas de la Esfinge  por segunda vez y a pagar parte de todo el daño que hice…

– ¿Pero qué es lo que hiciste? Y dime, entonces, ¿te casaste con la reina Yocasta?

– Sí, Raquel, sí, me casé con ella y tuvimos hijos. Me llamo Edipo y fui rey de Tebas, para mi desgracia y para desgracia de mi padre, de mi madre, de mi esposa, de mis hermanos y de mis hijos…

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De los ojos vacíos de Edipo de Tebas no podían caer lágrimas, pero su voz lloraba desconsoladamente. Raquel se dio cuenta de que no debía preguntar nada más a Edipo sobre su pasado, que tanto sufrimiento le producía. Habían llegado ya, además, al pie del monte Antedón y  Raquel temblaba de pies a cabeza cuando la Esfinge los miró con sus ojos llameantes. Su voz potentísima resonó sobre ellos:

– Decid, caminantes, lo que os pregunto. Decidlo rápido o en pocos minutos habrá un antiguo rey de Tebas y una nueva chica del futuro menos sobre la faz de la Tierra. MÁS QUE TÚ LO DICEN TODOS, SOLO A TI TE PERTENECE.

En ocasiones el miedo paraliza e impide pensar con claridad. Pero otras veces es el miedo lo que nos hace ser rápidos y agudos. Raquel, en medio de su terror, recordó enseguida que ella había resuelto ese mismo enigma en clase. Sin saber de dónde le salía la  voz, se oyó a sí misma decir en voz alta y decidida:

– La solución es el nombre- dijo y después enmudeció sin dejar de temblar y sin apartar la mirada de la espantosa Esfinge.

– ¡Claro, el nombre! El nombre es de quien lo lleva, pero quienes más lo dicen son los demás… Mi nombre es Edipo, pero son los demás quienes lo repiten con amargura. ¡Bravo, muchacha!

Raquel estaba aún asombrada de su osadía cuando vio caer desde lo alto una especie de papel enrollado.

– Llevad a la muchacha, a Irene,  mis nuevos enigmas, ella se encargará – la Esfinge hablaba y su voz sonaba antigua como el tiempo-. He de irme, como prometí, pues está resuelto el enigma. Sin embargo, regresaré si en un plazo de seis meses no se han resuelto los seis enigmas que van escritos ahí.

Raquel iba a recoger del suelo el rollo de papel, pero ya Edipo se había agachado a recogerlo, como si pudiera verlo claramente. Una luz azulada comenzó a envolver a Raquel. Quiso decir algo a Edipo, pero no pudo. La luz fue creciendo hasta envolverla por completo y después, cuando la luz se extinguió, Raquel había desaparecido. Edipo, que no pudo verlo, supo que Raquel ya no estaba y susurró:

– Adiós, muchacha. Que tu destino sea feliz y apacible.

En lo alto del monte Antedón, la Esfinge extendió sus gigantescas alas de plumas tan brillantes como el acero. Sus garras ensangrentadas de tantas víctimas se contrajeron levemente y de un impulso se elevó en el aire, con un  veloz batir de alas. Rápidamente desapareció en el azul del cielo, convertida solo en un punto que fue haciéndose más y más pequeño hasta perderse de vista, aunque Edipo no pudiera verlo.

De inmediato, un clamor de júbilo se elevó sobre Tebas. Los tebanos  habían visto que la Esfinge se iba y lo celebraban. Pronto se oyeron campanas y trompetas mezclados con el griterío de la gente, que ya salía de las murallas de la ciudad para saber qué había ocurrido. Edipo posó su mano derecha sobre su corazón, conmovido:

– Es Tebas  que se alegra. Es mi ciudad, jubilosa.

Lentamente, encaminó sus pasos a la ciudad donde un día fue Rey y donde ahora esperaba no ser reconocido por nadie, no ser recordado por nadie, no ser nombrado por nadie. Iba dispuesto a buscar a una muchacha llamada Irene para entregarle el nuevo encargo de la Esfinge, antes de alejarse de Tebas, cuya sola memoria hacía llorar a su corazón.

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Published in: on abril 17, 2009 at 6:04 pm  Dejar un comentario  

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