EL ENIGMA DE LA ESFINGE VII

Alba se sorprendió cuando la madre de Irene llamó para la comida y, sobre una pequeña mesa, solo encontró cuencos de aceitunas, avellanas, nueces, pan blanco y, como bocado especial, una enorme sandía regalada por la Esfinge aquella misma mañana. Alba miraba aquello bastante extrañada, pues había creído que comerían aquel guiso de carne que había estado oliendo cocer en la cocina.

– Come, Alba – la animó la madre de Irene-. ¿O es que no tienes hambre?

Alba comenzó a comer, un poco a vergonzada. Nó quería llamar la atención con su comportamiento, pero seguía sin entender por qué comían aquellas cosas tan poco consitentes, si la madre de Irene se había molestado en preparar un plato que olía de forma tan deliciosa. Así que, cuando encontró la ocasión, se lo preguntó a Irene.

– Aquí siempre comemos así al mediodía. La carne es para la cena, que es la comida más fuerte del día…¿No es así en el futuro?

Alba le explicó que no,  mientras saboreaba un jugoso pedazo de sandía. En realidad no tenía muchas ganas de hablar. Le preocupaba cómo regresar a Cáceres y, antes que eso, encontrar la solución al enigma. Pero no tenía ni idea de cuál era la solución.

Al acabar de comer, las dos chicas volvieron a la cuadra. Querían estar cerca de Sombra, acariciarlo y contemplar su belleza. Y pensar. Pensar para encontrar la respuesta. Zale también las acompañó, a condición de no pasarse todo el rato hablando. Zale era un niño muy inquieto y curioso. La presencia de Sombra y de Alba lo habían llenado  de curiosidad y no paraba de hacer preguntas. Pero prometió guardar silencio. Irene repetía:

– El agua no me moja, el fuego no me quema, el viento no me mueve, la tierra no me sepulta… ¡Por los dioses del Olimpo! ¿Qué será?

Alba callaba y la tarde se deslizaba lentamente hacia la puesta de sol. Si no encontraban la respuesta, esa noche tebas volvería a sentir la crueldad de la Esfinge.

El sol se encontraba ya a poca distancia de la tierra y su luz era dorada y suave como la piel de los melocotones, cuando súbitamente la sonrisa de Alba se iluminó. En su cabeza se había encendido al fin la bombilla:

bombilla-011

– ¡Ya lo sé! – exclamó- Es…

Irene le tapó la boca con inesperada violencia para impedir que dijese la solución.

– ¡Calla! ¡No lo digas! Arancha y Alberto desaparecieron justo después de decir en voz alta la solución de sus enigmas. Solo delante de la Esfinge deberás atreverte a decirlo. ¡Vamos! ¡Antes de que termine de caer el sol!

Irene estaba excitadísima y arrastraba ya a Alba hacia la puerta de la cuadra, cuando Alba tuvo una idea excelente:

– ¡El caballo!

Irene la entendió rápidamente:

– No sé montar, Alba. ¿Sabes tú?

Alba ya había colocado a Sombra la rica cabezada con que el Rey hizo llevar al caballo. No había tiempo para ponerle la montura. De un salto ágil subió sobre el animal y tomó las riendas. Ayudada por Zale, Irene se acomodó detrás y se sujetó con fuerza a la cintura de Alba.

– ¡Arre!

Sombra inició un galope veloz y sonoro. Recorrieron las calles de Tebas a gran velocidad, siguiendo las indicaciones de Irene, que conocía el camino más corto. Ya fuera de las murallas, enfilaron el camino hacia el monte Antedón, donde las esperaba la monstruosa Esfinge. El sol casi rozaba ya el borde del horizonte.

– ¡Vamos, amigo!- animaba Irene a su caballo.

Alba no despegaba los labios. Sabía que la respuesta era la sombra: el agua no podía mojarla, ni el fuego quemarla, ni el viento moverla, ni la tierra sepultarla. La sombra, estaba segura, era la respuesta correcta. Diría la solución a la Esfinge, soportaría el espanto de tenerla tan cerca para ayudar a su amiga Irene y a todos los habitantes de Tebas. Tan absorta iba en sus pensamientos, que no se había dado cuenta de que la mitad del sol  se había hundido ya bajo la línea del horizonte. Pero de pronto lo vio y se puso muy nerviosa.

– ¡Arre, Sombra, Arre! – gritó apretando sus talones contra los flancos de Sombra.

Entonces ocurrió. Estaban ya casi llegando al pie del monte Antedón cuando Alba fue envuelta por quella luz que Irene había visto ya en otras dos ocasiones. Aquella luz que fue creciendo más y más, hasta envolver también a la chica tebana y a Sombra. Y después, cuando la luz se extinguió, Alba ya no estaba. 

Habían llegado. Irene bajó del caballo y se abrazó a su cuello palpitante a causa de la carrera, comprendiéndolo todo: Alba había pronunciado el nombre del caballo, Sombra, que era también la solución al enigma, pero la esfinge no lo daría por bueno, porque aún no estaban ante ella y tampoco aceptaría que Irene diese la respuesta que Alba encontró.  

– Tampoco esta vez te sirvió de nada la ayuda del futuro – dijo la Esfinge.- Corre a tu casa, niña impertinente, antes de que llegue la noche, si no quieres que esta vez te quite la vida que antes te regalé. Pero primero, escucha este enigma: MÁS QUE TÚ LO DICEN TODOS, SOLO A TI TE PERTENECE.

Cuando Irene llegó a su casa, ya toda Tebas había oído el nuevo enigma y se había refugiado en sus casas para ponerse a salvo de la crueldad de la Esfinge. Mientras su madre la abrazaba y la reprendía por aquella nueva aventura arriesgada y audaz, Irene vio brillar la primera estrella de la noche y pensó en Alba. Solo entonces recordó que no habían tenido tiempo de despedirse y desde dentro de su corazón le envió saludos para sus amigos del futuro y los mejores deseos para su viaje de vuelta a casa.

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Published in: on marzo 13, 2009 at 7:06 pm  Dejar un comentario  

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