EL ENIGMA DE LA ESFINGE VI

– Entonces, ¿tú eres Irene?

Irene se sobresaltó al oír su nombre. Cuando subió a la azotea aquella mañana, casi no se extrañó al ver que había llegado una nueva visitante del futuro, pero lo que no esperaba es que aquella chica de rostro dulce y gesto tímido, vestida con una ropa tan extraña como la de Arancha, supiera su nombre.

– Sí, soy Irene, ¿cómo lo has sabido?

– Al principio, cuando desperté aquí, me asusté mucho. No sabía dónde estaba. Pero después me asomé y vi la ciudad, y empecé a entender. Y cuando vi a la Esfinge, acabé de tranquilizarme.

– ¿Cómo? ¿Que ver a ese monstruo sanguinario te tranquilizó? – preguntó Irene asombrada.

-Soy amiga de Arancha, las dos vivimos en la Residencia de nuestro instituto. Nuestros pueblos están lejos y la Residencia es nuestra casa mientas dura el curso. Una mañana, hace poco,  Arancha me contó durante el desayuno un sueño muy extraño. Por eso sé que estoy en Tebas, que tú eres Irene y también sé de lo que es capaz la Esfinge. Así que  ya sé que ahora yo estoy soñando, como le ocurrió a Arancha.

– ¡Ah, no, te equivocas! -replicó Irene-. ¡Esto no es un sueño! Arancha estuvo aquí de verdad y también estuvo Alberto S. Los dos venían de Cáceres. Y eso es tan real como que tú estás aquí ahora, conmigo.

– ¿Alberto S. también…?

– Sí, también él viajó en el tiempo. Entonces, ¿tú eres amiga de Arancha? Y di, ¿cómo te llamas?

– Me llamo Alba.

– Bienvenida a Tebas, Alba – dijo Irene abrazándola.

Estaba ya a punto de terminar  una mañana muy emocionante. Nada más salir el sol, como la Esfinge había prometido el día anterior, toda Tebas amaneció rodeada de manjares: sandías, uvas, manzanas y orzas de miel; sacos de harina, cebada en grano, habas y calabazas; leche, carne y pescados en salazón. La Esfinge permitió que lo recogieran todo y que los alimentos fuesen distribuidos entre los tebanos. Cuando el Rey supo que todo aquello se debía a la hazaña de una niña llamada Irene, mandó que sus criados buscasen su casa para entregarle dos fabulosos regalos: un anillo con una esmeralda del tamaño de una avellana y un bellísismo caballo de pelo castaño oscuro.

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– Se llama Sombra, ¿te gusta, Alba? – preguntó Irene orgullosa de ser su reciente propietaria.

Alba acariciaba al animal, que el abuelo de Irene había instalado en la vieja cuadra de la casa. Claro que le gustaba. Le gustaba muchísimo más aún que el precioso anillo cuya esmeralda brillaba en el dedo de la madre de Irene, pues Irene quiso que fuese para ella. Zale, muy afanoso y subido a un taburete, cepillaba las crines de Sombra y Marsias, el hermano mayor de Irene, hacía cálculos sobre la velocidad que alcanzarían las finas y potentes patas del animal.

– ¿Querrás también tú ayudarme a vencer a la Esfinge, Alba? – suplicó Irene, recordando que no tardaría en llegar la noche y en cumplirse el plazo dado por la Esfinge para resolver el enigma.

– Puedo intentarlo al menos, ¿no?

– Pues entonces, manos a la obra  – respondió Irene y,  sin dudar ni perder  un momento, pronunció el enigma, que sabía de memoria.

Alba negó con la cabeza, un tanto decepcionada: no sabía la solución, pero aun así estaba dispuesta a buscarla.

Desde la cocina llegaba el delicioso aroma de un guiso de carne. Alba e Irene, sentadas sobre un montón de heno en la cuadra, sin perder de vista la hermosa figura de Sombra, no paraban de pensar ni un momento en la solución: ¿sería el sol, el cielo, una estatua? ¿El alma, quizás? ¡Uf! ¡Qué difícil! Y sin embargo la solución no tardaría en ser encontrada, aunque ninguna de las dos chicas pudiese sospecharlo todavía.

[Paciencia. Tal vez la Esfinge nos plantee un nuevo enigma y quien lo resuelva (como Arancha, Alberto y Alba) podrá protagonizar otro episodio como premio. De momento, ganará un premio quien me entregue una redacción sobre su animal preferido: ese que ya tiene o ese otro que sueña tener. ]

 

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Published in: on marzo 8, 2009 at 8:14 pm  Dejar un comentario  

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