EL ENIGMA DE LA ESFINGE IV

Aquella mañana, a primera hora, cuando empezó la clase de Lengua y los chicos y chicas de 1º G se concentraban en identificar los  verbos en el texto que acababan de leer, el puesto de Alberto S. permaneció vacío.

Muy lejos de allí, a kilómetros de distancia terrestre y a más de veinte siglos de distancia temporal, Alberto S. se despertaba de su extraño viaje. Tendido aún en el suelo de tierra de la azotea de Irene, Alberto abrió los ojos y sobre él pudo ver un cielo cubierto por una delgada capa de nubes casi transparente.

-¿Vienes del mismo lugar que Arancha?

La voz de Irene, emocionada, sobresaltó al chico, que la miró sin entender nada.

-¿Vienes de Cáceres y del futuro, como mi amiga Arancha?

Alberto vio, sorprendido, que aquella chica morena de túnica blanca y exótico peinado se acomodaba junto a él en el suelo y empezaba a contarle precipitadamente una historia increíble sobre un monstruo, un enigma y la reciente visita de Arancha, su compañera de clase, la misma que se sentaba justo delante de él, en su misma fila. Alberto guardó silencio, pero Irene dijo, aplaudiendo muy flojito, como para que nadie oyera sus muestras de júbilo:

– ¡Lo sabía! ¡Sabía que tú venías del futuro, como ella! Lo sé porque los dos vais vestidos así, con esas ropas tan raras.

– ¿Tan raras? – se sorprendió Alberto, que llevaba puestos su chándal y sus deportivas-. La que va rara eres tú, ¿de qué vas disfrazada?

Entonces Irene, con gesto de resignación, fue explicándole a Alberto que se encontraba en la antigua Tebas, en Grecia; que su compañera Arancha ya había hecho ese mismo viaje y todo lo que ya sabéis. También le contó, con una cierta decepción, que la Esfinge no había aceptado la respuesta que Arancha encontró para el enigma porque, aunque era la correcta, no fue Arancha en persona quien se la dijo. Por último Irene relató cómo la Esfinge, esa misma noche, había sobrevolado la ciudad para elegir una nueva víctima y se había llevado a un centinela de los que custodiaban la muralla.

-Lo estranguló sin piedad alguna y abandonó su cuerpo sin vida al pie del monte Antedón- terminó Irene, tratando de contener su indignación.

A pesar de su confusión, Alberto no había perdido una palabra del relato de Irene, pero aún se resistía a creer lo que la chica tebana le había contado.

– ¡Bah! ¡Me estás tomando el pelo! ¡Tú has visto muchas películas!- replicó mientras se ponía en pie para echar un vistazo desde la azotea.

Lo que vio lo dejó helado: la ciudad de piedra y barro se extendía en calles y callejuelas innumerables. A su izquierda, sobre una colina, se alzaba un templo de simétricas columnas.

         acropolis1

-No me crees, ¿verdad? – preguntó Irene a su lado- . Tienes razón, es increíble todo lo que te he dicho, pero te daré una prueba. Mira hacia allá.

El dedo índice de Irene temblaba cuando apuntó hacia el monte Antedón, que sobresalía de la muralla por el este. Allí, en su cumbre, la gigantesca esfinge de rostro inmóvil, garras sangrientas y poderosas alas, esperaba la solución de su nuevo enigma.

Alberto sintió por un momento que la cabeza le daba vueltas y que su corazón estaba tan alterado que parecía latirle en la garganta. Se sentó de nuevo en el suelo y cerró muy fuerte los ojos, como para borrar de ellos la visión de la terrible criatura. No podía ser. ¿Qué era todo aquello? Entonces, ¿los monstruos existían? ¿De veras había viajado en el tiempo? ¿Cómo iba a poder regresar a casa?

– ¿Cómo te llamas, chico del futuro? Aún no me has dicho tu nombre. Yo soy Irene y sueño con derrotar a la Esfinge y librar a Tebas de su crueldad. Bueno…, y también me gustaría mucho ir al instituto, como tú y como Arancha.

– Yo soy Alberto -y estrechó la mano que Irene le tendía-. Perdóname por no haberte creído antes.

– No importa- respondió ella-. Lo entiendo. Solo espero que me ayudes a resolver el enigma y me acompañes a decírselo a la Esfinge. ESTOY EN TI Y EN MÍ, Y SIN EMBARGO NO ESTOY EN NOSOTROS, dijo la esfinge. Ve pensando la solución mientras bajo a buscar algo de comer. ¡Hay que tratar bien a los invitados y aún no te he ofrecido nada!

Irene despareció sonriente. De repente había recobrado la esperanza de poder deshacerse de la Esfinge: Alberto la ayudaría, estaba segura.

Solo en la azotea, Alberto no paraba de pensar en todo aquel lío. Y en medio de todas aquellas ideas confusas, surgía una y otra vez el enigma aún no resuelto que acababa de decirle Irene.  Haciendo acopio de valor, volvió a levantarse para mirar hacia el monte Antedón. La soledad de la ciudad era imponente: nadie osaba ni tan siquiera asomarse a la puerta  de su casa. Una campana dejó en el aire tres campanadas lejanas. Mientras Alberto observaba detenidamente el monstruoso aspecto de la Esfinge, esta giró levemente la cabeza y su mirada se clavó unos segundos en los ojos de Alberto. Era una mirada fría y cruel, que enseguida volvió a quedarse fija, mirando al frente. Fue entonces cuando Alberto, lejos de ceder al terror, se decidió a hacer lo posible por ayudar a Irene. Resolvería el enigma. Iría ante la esfinge y le diría la respuesta correcta. Libraría a Tebas de aquella espantosa criatura antes de volver a casa.

– Aquí tienes: agua, una ciruela seca y un poco de pan de centeno. Está un poco duro, lo siento. Pero desde que llegó la Esfinge los alimentos escasean cada día más.

Irene puso aquel pobre desayuno a su huésped: no tenía nada mejor que ofrecerle.

– Voy a ayudarte, Irene- respondió Aberto y tomó un trago de agua para refrescar su garganta.- Déjame pensar…”Estoy en ti y estoy en mí…y sin embargo…”

Albertó pensó que habría preferido desayunar uno de aquellos suculentos coquillos que hacía su abuela, pero tenía hambre y  se puso a mordisquear la ciruela seca. De repente, una bombilla se encendió en el interior de su cabeza, lo mismo que en los cómics.

         bombilla-011              ¡Lo tenía!

– ¡La i! ¡La letra i! Está en TI y está en MÍ, pero no está en NOSOTROS. ¡Estan fácil! Esta adivinaza la resolví en clase, hace poco.

¡Claro! La letra i. Vaya chico listo aquel Alberto. Irene sintió ganas de abrazarlo, como había hecho con Arancha, pero se contuvo, porque en la antigua Grecia los chicos y las chicas no podían darse un abrazo a no ser que fuesen novios. En vez de un abrazo, le tendió de nuevo su mano, llena de gratitud y de impaciencia:

– ¡Gracias, gracias, gracias, Alberto, gracias! Bajo a avisar a mi abuelo y a mi madre. Iremos cuanto antes a decirle la solución a la Esfinge. ¿Estás preparado? ¿Sí? ¡Ah, una cosa…! Por favor, no vayas a desaparecer ahora, por favor, no desaparezcas antes de acompañarnos al monte Antedón, te lo suplico…

La mano de Alberto seguía prisionera en la mano de Irene, que la apretaba como si así pretendiera no dejarlo escapar.

-No me iré, Irene, cálmate. No voy a desaparecer- la tranquilizó Alberto- He dicho que iré a decirle la solución a la Esfinge y lo haré. Cumpliré mi palabra.

Pero mientras Alberto hablaba, sin darse cuenta ni quererlo, su cuerpo había comenzado a desprender una luz cada vez más brillante.

– ¡No, Alberto, no!- gritó Irene, apretando aún con más fuerza la mano del chico del futuro, casi cegada ya por aquel resplandor que también la envolvía a ella.- ¡No te vayas ahora! ¡Por favor, no te vayas! ¡Espera…!

Un destello aún más intenso lo llenó todo. Cuando la luz cesó, la mano con que Irene apretaba la de Alberto estaba vacía: Alberto había desaparecido. Irene  sintió que la esperanza se le iba tras Alberto.  Su reciente ilusión de derrotar a la Esfinge se había convertido en una sombra. Se sintió vencida y triste.

De nuevo había ocurrido, igual que con Arancha. ¿Aceptaría la esfinge la solución si no era Alberto en persona quien se la decía? No, claro que no… ¿O tal vez sí, si ponía en práctica lo que se le estaba ocurriendo? Irene trató de que la esperanza no la abandonase del todo, pero sus ojos miraban al suelo,  llenos de lágrimas. Respiró hondo y levantó la cabeza:

– ¡Dale  un abrazo a Arancha de mi parte! Es una chica lista y valiente, como tú. ¡Y buen viaje, Alberto, amigo! – dijo mirando hacia el cielo, como si Alberto aún pudiera oírla.

(Esta vez tampoco hay adivinanza, pero seguiremos con los premios. A ver quién escribe la mejor continuación de la historia: ¿qué pasará esta vez con el enigma? ¿Qué se le habrá ocurrido a Irene? Venga, imaginación, papel, boli y que broten las palabras).

Anuncios
Published in: on febrero 13, 2009 at 6:27 pm  Dejar un comentario  

The URI to TrackBack this entry is: https://estamostodos.wordpress.com/2009/02/13/el-enigma-de-la-esfinge-iv/trackback/

RSS feed for comments on this post.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: