EL ENIGMA DE LA ESFINGE III

Un viaje en el tiempo

esfingeii

– ¿Quieres comer algo?

Arancha miró extrañada. Acababa de despertarse y un sol deslumbrante cegaba sus ojos oscuros.

– ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? – volvieron a preguntarle.

Arancha se incorporó hasta quedar sentada en el piso de tierra de la azotea. Una chica con un extraño peinado y una túnica blanca sujeta en uno de sus hombros la miraba con ojos llenos de curiosidad.

– Me llamo Irene – dijo la chica- ¿Quién eres tú?

Arancha no respondió. Estaba empezando a sustarse. ¿Qué hacía en aquel lugar?¿No debería estar ahora en clase de Mates, en su instituto, en Cáceres? Sin responder aún, se levantó del suelo y observó desde la azotea una ciudad extraña, muy antigua, con edificios de piedra y casas de barro, calles sin asfaltar y sin rastro de semáforos, ni coches, ni autobuses… Ahora que caía, tampoco había farolas ni cables de electricidad.  ¿Y su móvil? Por suerte, lo encontró en el bolsillo de sus vaqueros, pero enseguida comprobó que no tenía nada de cobertura. Entonces fue ella quien interrogó a Irene:

-¿Dónde estamos? ¿Por qué vas vestida así? ¿Hoy no tienes clase? Voy a llegar tarde al instituto, van a llamar a mi casa y ya verás la que se va a liar…

– ¿Que dónde estamos? ¡Pues en Tebas! ¿Y por qué vas vestida ASÍ tú?

Arancha oyó voces en la calle y al asomarse vio a dos niñas y un hombre que se dirigían a alguna parte a toda prisa. Las niñas vestían como Irene y el hombre llevaba también una túnica, esta de color azul gastado.

-Soy Arancha. Y tengo que irme – dijo al fin.

Pero Irene ya no estaba. Regresó de inmediato con un cuenco de madera en que traía higos secos cubiertos de miel. En ese momento Arancha sintió que tenía mucha hambre. Mientras desayunaban sentadas a la sombra de la pared de barro de la azotea, Arancha e Irene comenzaron a contarse cosas. Ninguna de las dos pudo explicarse cómo es que Arancha había llegado allí ni por qué las dos se entendían a pesar de hablar dos lenguas tan distintas: español Arancha, griego antiguo Irene. Lo que sí parecía evidente es que Arancha no solo había viajado en el espacio -de España a Grecia- sino que venía del futuro, decía Irene.

– No vengo del futuro – puntualizó Arancha- . Lo que pasa es que he viajado al pasado.

-¿Y no es lo mismo, al fin y al cabo?

Las dos chicas se echaron a reír.

-Oye, tú no sabrás resolver enigmas, ¿verdad? – preguntó Irene con un repentino gesto de preocupación. Y le contó a Arancha todo sobre la Esfinge, la muerte de los ganados, del pastor  y del soldado, la cosecha de trigo perdida, abrasada por los candentes ojos de la Esfinge durante esa misma noche, como ella misma había soñado. Le habló también del difícil enigma  que la monstruosa criatura había planteado  a los habitantes de Tebas y que era necesario resolver con urgencia.

– Espera…-la interrumpió Arancha-. Todo eso que me estás contando lo he oído en otra parte…Pero, no sé, habrá sido por este viaje tan extraño al pasado, estoy confusa…No consigo acordarme bien. Creo que fue en el instituto, pero…

-¡Qué es un instituto?- la curiosidad de Irene hizo que por un momento se le olvidara el enigma.

– Un instituto es… Como una escuela, pero para chicos y chicas mayores. ¿Por qué lo preguntas? ¿Es que tú no estudias?

-¡Ya me gustaría! En Tebas solamente estudian algunos chicos, los hijos de los ricos. Bueno, también algunas chicas, pero muy pocas, y solo las nobles y ricas de la ciudad. ¿Es que en  el futuro las chicas pueden estudiar aunque no sean princesas o hijas de ricos comerciantes?

-¡Anda! ¡Pues claro! ¿O acaso crees que yo soy una princ…? ¡L0 tengo!  ¡Ya me acuerdo, Irene! ¡Resolví el enigma de la esfinge en el instituto, en una clase de OMOAE! ¡Dime el enigma, rápido, a ver si es el mismo!

Irene abrió mucho los ojos. ¿Qué sería eso de OMOAE? ¿Se había vuelto loca Arancha? ¿Cómo es que aseguraba haber resuelto el enigma de la Esfinge si venía del futuro? Por si acaso era verdad lo que la chica del futuro decía, Irene repitió las palabras de la Esfinge, las misma que ella se había repetido miles de veces para desentrañar su misterio:

– La esfinge dijo: “Nómbrame y desapareceré”

– ¡SILENCIO! ¡La respuesta al enigma es “El silencio”! – casi gritó Arancha, rompiendo con su voz emocionada el silencio de la azotea.

– ¡Claro!- Irene aplaudía y daba saltos de alegría-. ¡El silencio! ¿Cómo no se me ocurrió, con la de vueltas que le he dado! Si hay silencio y alguien pronuncia la palabra “silencio”, o sea, lo nombra, el silencio desaparece. ¡Qué lista eres, Arancha! ¡Como se nota que tú sí estudias! ¡No sabes cómo me gustaría ir contigo a tu instituto!

Irene se abrazó a Arancha con lágrimas en los ojos. Su alegría se había envuelto de repente  en un silencioso llanto:

– Nunca te lo podremos agradecer bastante, Arancha. Ahora la Esfinge se irá y podremos seguir viviendo tranquilos. Llamaré a mi madre, a mis hermanos, a mi abuelo. Iremos al monte y diremos a la Esfinge la solución de su enigma. Y tú, Arancha, vendrás con nosotros, si es que no tienes miedo. Allí está ,mira…

Arancha miró hacia donde señalaba el dedo de su nueva amiga y vio a la Esfinge, quieta y terrible, esperando la llegada de otra noche. Un escalofrío recorrió su espalda.

-Sí, os acompañaré. Pero después tendré que pensar en la manera de volver al instituto…- prometió Arancha, demostrando ser tan valiente como la chica tebana.

Irene empezó a bajar las escaleras para entrar en la casa. Desde allí se volvió y dijo con una gran sonrisa en sus labios:

– Voy a darle la noticia a mi familia, querrán conocerte todos. Vuelvo enseguida.

Arancha volvió a quedarse sola en la azotea. La visión de la Esfinge le había alterado el pulso, sentía su corazón latiendo muy, muy fuerte. Y de pronto sintió un sueño inexplicable. Bostezó. ¿Como conseguiría volver a Cáceres? ¿Cómo podría comunicarse con Irene si es que podía salir de la antigua Tebas alguna vez? ¿Cómo…?

Arancha se recostó de nuevo en el piso de tierra prensada. Cerró los ojos presa de un sueño inaplazable. Cuando Irene regresó con su abuelo y sus hermanos a la azotea, aún pudo ver a Arancha plácidamente dormida e irradiando una luz muy fuerte, que fue creciendo muy deprisa hasta deslumbrar a todos salvo al anciano ciego.  Cuando la luz cesó, Arancha había desaparecido.

– ¿Se ha ido, verdad? – preguntó el abuelo.

– Sí- balbuceó Irene, llena de asombro y tristeza.

– Que tenga  un buen viaje tu amiga del futuro. Y  que los dioses la bendigan por habernos salvado con su inteligencia. Ella tenía que regresar a su país y a su tiempo, pero no te olvidará nunca, Irene.

Aquella misma mañana, Irene tuvo el valor de ir junto a su abuelo al monte  Antedón para dar a la Esfinge la solución del enigma. La Esfinge dio por buena la respuesta, pero se resistió a irse, argumentando que Irene no era la verdadera descubridora de la solución.  Ya sabemos que había sido Arancha, pero Arancha ya no estaba en Tebas. Sin descomponer su rostro impasible, la Esfinge anunció más destrucción y más muerte para esa noche y pronunció el segundo de sus enigmas:

– ESTÁ EN TI Y ESTÁ EN MÍ, Y SIN EMBARGO  NO ESTÁ EN NOSOTROS.

(Para quien resuelva este enigma, el premio será aparecer en otro capítulo de El enigma de la Esfinge)

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Published in: on enero 25, 2009 at 6:03 pm  Dejar un comentario  

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